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Si queremos salir de esta crisis tenemos que atraer talento, no hay más

13 enero, 2021

Las mejores empresas del mundo procuran al mejor talento. Lo atraen, lo cuidan, lo hacen crecer. Es hora de cambiar nuestra cultura que no quiere ver que el talento existe.

Hace unos pocos años, una amiga de la que fui su jefe entró a trabajar a una empresa de tecnología en la ciudad de Los Angeles. Después de hacer todas las pruebas, resultó ser la mejor candidata. Tenía a su favor que, a pesar de que había vivido toda su vida en México, circunstancialmente había nacido en los Estados Unidos, de manera que tenía la doble nacionalidad y eso facilitaba los trámites. Cuando me contó las condiciones laborales que le ofrecieron, me quedé pálido. No sólo le dieron un sueldo maravilloso y casa amueblada en un barrio bonito y gentrificado; le regalaron todo tipo de amenidades para convencerla de irse con ellos: transporte, seguro médico, viáticos, boletos para conciertos y hasta camiseta, gorra y regalos de todo tipo. Lo curioso es que ella moría de ganas de trabajar ahí y hubiera aceptado entrar incluso en las condiciones limítrofes, casi humillantes, a las que estamos mal acostumbrados en México. Aún así, ese era el trato estándar en esa empresa y ella me presumió todos esos privilegios con asombro. Su puesto era uno más en una corporación enorme. No era un puesto gerencial, mucho menos directivo. Obviamente, cuando fui su jefe me hubiera gustado darle todas esas cosas materiales. A falta de ellas, sólo intenté ser un buen jefe. 

Las mejores empresas del mundo procuran al mejor talento. Lo seducen para que se quede con ellos. Esa seducción va más allá del dinero y de las prestaciones. En verdad buscan solucionarle la vida a la persona que quieren contratar. La idea es convencerlo de que formar parte de esa empresa o proyecto es mucho mejor que estar con la competencia.

¿Cuándo en México una empresa iba a hacer eso por conquistar a un empleado? (De acuerdo. Algunas empresas sí lo hacen, y tal vez tú trabajes en una de ellas. Considérate una persona afortunada, porque lo normal, de este lado de la frontera, es el trabajo en varios grados de indignidad.)

Dar un trato de privilegio a las personas con talento es algo que se oye poco en el entorno empresarial de nuestro país. Acá priva más bien una guerra fundada en la desconfianza: el patrón desconfía de sus empleados. Los empleados desconfían del patrón.

Desde luego que la economía juega un papel esencial. En México hay menos dinero que en Estados Unidos y lo que hay está distribuido mucho muy desigualmente. La pobreza económica de un país no es un designio dado por los dioses, sino el resultado de una serie de malas decisiones por las personas en posición de liderazgo, en la iniciativa privada y en el gobierno. Una de esas decisiones tiene que ver con la atracción de talento.

Atraer o no atraer talento, ése es el falso dilema

Se trata de una decisión cultural que implica muchas cosas. La primera es reconocer que existe una cosa abstracta que es el talento. No es algo con lo que se nace, sino que se siembra desde la niñez, y se le ayuda a crecer. Que cada tanto en el mundo surjan genios con un talento descomunal, crea la falsa impresión de que no hay mucho que hacer al respecto. La idea de que si no naciste con el talento de un Einstein, ya ni te apures, es tan nociva como falsa. Un sistema educativo que siembre talento en cada niño y lo acompañe en su desarrollo, tarde o temprano producirá una generación de personas con ideas valiosas. Lo vimos con la historia de la niña tamaulipeca que la revista norteamericana Wired señaló como “la próxima Steve Jobs”. Por el contrario, una cultura que desdeña el talento, no concebirá ni siquiera la idea de sembrarlo.

La segunda cosa es reconocer que, ni modo, hay gente más talentosa que otras, especialmente más talentosas que tú y que eso no te va a dejar sin trabajo, al contrario, va a mejorar tu vida si sabes reunir, cuidar y administrar a esas personas en tu beneficio. Porque una vez que se tiene una generación de personas de talento, sembrado y procurado desde la infancia, lo que sigue es evitar que se vayan a otro país. Quienes se van no son traidores a la patria, son personas que encontraron en otros territorios mejores condiciones ya no digamos de vida (que eso es apenas el requisito mínimo), sino para explotar su talento al máximo.

Un país o empresa que logra que sus mejores talentos se queden, a la larga atrae a lo mejor de otras regiones. La idea rupestre de que esos extranjeros “le quitan el trabajo” a los nacionales está ciega ante el hecho de que esas personas en realidad traen riqueza y en el mediano plazo, toda la sociedad crece.

Como dije párrafos arriba, la pobreza de un país es el resultado de un cúmulo de malas decisiones. Las malas decisiones son siempre producto de la desesperación (tapemos el boquete del bote como sea, antes de que nos hundamos) o del cortoplacismo (no perdamos el tiempo en darle mantenimiento al bote, para qué, ni que se fuera a hundir). Ese pensamiento inmediatista es entendible para las economías que tienen crisis súbitas. El problema es que llevamos en crisis desde la devaluación de 1976, por lo menos, y seguimos haciendo las cosas igual. Desconfiando. Rapiñando. Desdeñando. Ignorando. Quizá es hora de reconocer que la fórmula del sálvese quien pueda no lleva a ninguna parte.

Cómo sembrar la riqueza del talento

Los grandes cambios sociales se logran con pequeños actos. ¿Qué haces en tu empresa con el talento? ¿Lo identificas? ¿Lo siembras? ¿Lo procuras? ¿Lo diriges? ¿Le provees de los recursos financieros, tecnológicos, de capacitación, y también de lealtad mutua que permiten que las ideas, la investigación, el desarrollo y la innovación sean constantes hasta sus últimas consecuencias? ¿O le tienes miedo al éxito?

¿Creas una cultura que ame el talento? Una cultura así incluso se extendería a la crianza de los hijos de tus empleados. Si tu gente ha absorbido esos valores en tu organización, ellos mismos sembrarán y procurarán el talento en su propia familia. Y eso es cambiar la realidad.

Como epílogo contaré que, un par de años después, mi amiga de Los Angeles me escribió para que le redactara una carta de recomendación. Otra empresa californiana le había ofrecido aún mejores condiciones laborales. Se la redacté con gusto y con palabras entusiastas, no faltaba más. Era mi humilde manera, a la distancia, de procurar que siguiera desarrollando su talento.

 

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Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo en El Contribuyente, y Goula. También es director de Etla, despacho de narrativa estratégica.


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