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El atole con el dedo: la esperanza es el último relato que muere

18 noviembre, 2020

El motor principal del discurso de mandatarios como Andrés Manuel López Obrador es crear esperanza. No importa que nada sustente ese relato optimista.

Cuando no hay a qué aferrarse, queda la posibilidad, remota, de que sobrevenga un nuevo orden. Es la esperanza: el motivador último. Es también una debilidad en la narrativa humana. Un espacio para el hackeo de la mente. Eso lo saben los políticos vendedores de humo: venden esperanza. La dan gratis para que cualquiera pueda tener un poco. Debajo de esa esperanza hay un discurso vacío. Los políticos pueden creerse esa esperanza que proclaman o fingir que creen en ella. En el primer caso son ingenuos, en el segundo, cínicos.

(A su modo, también lo saben las religiones, aunque es más posible que los jerarcas de los diversos credos realmente crean en el relato esperanzador que predican y no por ello serían ingenuos, sino “creyentes”.)

El esperanzado es el primero que muere

Construir un relato de esperanza es relativamente sencillo: involucra plantear una lectura del presente que haga creíble un futuro mejor, sea para la persona, sea para los hijos de esa persona, sea para un país o una comunidad.

Durante las crisis de cualquier tipo, los relatos de esperanza resurgen. En las debacles económicas, por ejemplo, los comunicados de prensa suelen desestimar las pérdidas de valor monetario. Buscan enfocarse en que se trata de “ajustes pasajeros”, que todo volverá a la normalidad, y no hay de qué preocuparse. La historia económica de México tiene ejemplos patéticos de ello, desde el “catarrito” de Agustín Carstens ante la crisis financiera global en 2008, hasta los reiterados mensajes de optimismo sin sustento estadístico del actual gobierno. Sin más fundamento que la investidura presidencial, el ejecutivo ha reiterado que la pandemia de COVID-19 está cediendo (no lo está) y que estamos saliendo de la crisis económica (se va a poner peor). 

Se entiende que esos mensajes de tranquilidad, cuando provienen de fuentes financieras, van dirigidos a los mercados, tan proclives a reacciones histéricas ante cualquier información que indique inestabilidad e incertidumbre. Tales mensajes a lo mucho compran tiempo. Eventualmente los diques de la economía se rebasan y la catástrofe llega, puede que con más fuerza aún.

La experiencia de los liderazgos globales durante la pandemia muestra que lejos de aportar algo, las falsas narrativas de la esperanza son más letales que otra cosa. Los países que mejor han manejado la crisis han sido aquellos que, en las comunicaciones, ponderaron desde el inicio el verdadero riesgo del contagio. Aunque la realidad era dura de tragar, se preparó mejor a la población. Por el contrario, los países donde su líder desestimó la fuerza de la pandemia, por medio de relatos de esperanza fundados en fantasías y apreciaciones subjetivas, son los que ahora cuentan más cadáveres. No hace falta decir los nombres de esos hombres de estado, ya sabemos quiénes son.

Un análisis incluso superficial del discurso del actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, delata a partir de la lectura de las versiones estenográficas, que el principal motor de sus argumentos es crear esperanza (eso, dicho en términos coloquiales, se conoce como “dar atole con el dedo”). No importa si para ello puede recurrir a falsedades o sofismas si al final articula un relato “alentador”.

Lo fácil que es crear esperanza a partir de los milagros

Lo peligroso es que es facilísimo plantear narrativas promisorias. No importa que la realidad, los hechos, las cifras, los análisis y las proyecciones a futuro sean ominosas: los seres humanos, tristemente, creemos en milagros. La Historia muestra, con reiteración abrumadora, cómo comunidades enteras son conducidas a la desgracia por líderes que prometen soluciones sobrenaturales. Lo vimos cuando, ante los nuevos yacimientos de petróleo, el entonces presidente José López Portillo habló de que a partir de ese momento, México administraría la abundancia. Lo vimos cuando el mandatario Carlos Salinas de Gortari proclamó la entrada de México al primer mundo por medio del Tratado de Libre Comercio. Lo volvimos a ver cuando el presidente Felipe Calderón inició su guerra contra el crimen organizado, suponiendo que esa era la solución que detendría el avance de la violencia en el país. Lo presenciamos de nueva cuenta en el discurso inaugural del actual sexenio, en boca de López Obrador. En esa ocasión, dijo: “Bajo ninguna circunstancia, el próximo Presidente de la República permitirá la corrupción ni la impunidad. Sobre aviso no hay engaño: sea quien sea, será castigado. Incluyo a compañeros de lucha, funcionarios, amigos y familiares.” Nada de eso ha sucedido.

La venta de esperanza es un negocio fructífero: con pocos ingredientes, la ganancia es abrumadora si se tiene el pedestal para sustentar ese mensaje de optimismo. El vendedor hábil de milagros siempre estará ajustando sus dichos, apelando a la desmemoria del pueblo. Corre el riesgo de que al final la turba se harte de tanta promesa y se vuelque en su contra, pero es un riesgo mínimo. Lo normal es que eso no suceda.

Me gustaría decir que, por otro lado, estamos los realistas. Los que no compramos cualquier esperanza; pero estaría subestimando nuestra capacidad para el optimismo y la ilusión.

El pesimismo propio del realista es un mero contrapeso al optimismo infundado. A falta de mejores argumentos, la postura catastrófista es una mera precaución. Aún así, a los pesimistas, a los realistas, se nos critica por no respaldar el milagro. Ante la remotísima posibilidad del prodigio, muchas mentes que en otras circunstancias hubieran sido críticas, se adormecen. Se violentan en contra de quien les señale lo erróneo de su postura.

La razón es que el relato milagroso es también el último hilo que nos mantiene atados a la vida. Cuando las narrativas que se avizoran pierden su posibilidad de esperanza, y se esfuman las alternativas, y ese estado persiste, muere el aliciente, muere la resiliencia, es el primer paso al final absoluto. Los crédulos, los esperanzados, defienden el milagro con violencia, con maromas, porque creer se ha vuelto sinónimo de su integridad.

Tampoco importa qué tan pesimista, qué tan crítico sea uno: mientras exista un relato de salvación, por fantástico que sea, el pesimista podrá darse el lujo de seguir siéndolo porque en el fondo, a su pesar, mantiene una esperanza, cree en un milagro oculto.

 

 

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Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo en El Contribuyente, y Goula. También es director de Etla, despacho de narrativa estratégica.



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