Marie Kondo llegó a las pantallas mexicanas hace varios años con una pregunta que parecía simple, pero terminó cambiando la forma en que miles de personas ven sus propias pertenencias: ¿esto me genera alegría? Lo que empezó como un método japonés para doblar suéteres se convirtió, con el tiempo, en una filosofía de vida que hoy tiene seguidores convencidos en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.
El minimalismo, sin embargo, no se reduce a tener paredes blancas y tres sillas de diseño escandinavo. En su versión más honesta es una decisión de consumo: comprar menos, comprar mejor y, sobre todo, cuestionar por qué se acumulan objetos que nunca se usan. Para una generación que llegó a la adultez en medio de crisis económicas recurrentes, esa lógica resulta menos una moda pasajera y más una forma de recuperar control sobre lo poco que sobra al final del mes.
A esa lógica se suma una generación que rentó casi toda su vida adulta y que ha interiorizado una relación distinta con la propiedad. Comprar una lavadora, un juego de sala o una colección de libros físicos deja de ser prioridad cuando la certeza de quedarse varios años en el mismo lugar ya no existe. Tener menos, en ese contexto, también es una forma de mantenerse ligero frente a un futuro laboral y habitacional que cambia con frecuencia.
El fenómeno tiene, además, un antecedente que pocas veces se menciona: el auge del crédito departamental de finales de los noventa y principios de los dos mil, cuando cadenas como Liverpool o El Palacio de Hierro expandieron sus tarjetas propias y convirtieron llenar la casa de electrodomésticos y muebles en un símbolo de progreso familiar. Buena parte de quienes hoy abrazan el minimalismo son hijos de esa generación que llenó comedores, vitrinas y salas con objetos comprados a meses sin intereses. Reaccionar contra ese exceso, casi como una corrección de rumbo, explica por qué tantos treintañeros capitalinos ven el acumular como una carga heredada y no como una meta a alcanzar.
Por qué la ciudad empuja hacia menos cosas
En la capital mexicana, el minimalismo también tiene una explicación práctica que va más allá de lo espiritual. Los departamentos son cada vez más pequeños, las rentas suben con velocidad y el tráfico convierte cualquier mudanza en una pesadilla logística. Cargar con menos, en ese contexto, deja de ser una elección estética y se convierte en una necesidad casi funcional. Mudarse con dos maletas es más fácil que mudarse con un comedor completo, un librero heredado de la abuela y cajas que nadie ha abierto en años.
Zonas como Polanco, donde conviven torres de departamentos nuevos con un estilo de vida orientado a lo práctico, reflejan bien esta tendencia. No es casual que ahí también hayan crecido las minibodegas en Polanco, pensadas para quienes deciden vivir con lo esencial en casa, pero no están dispuestos a deshacerse por completo de aquello que tiene valor sentimental o que simplemente se usa de vez en cuando, como equipo deportivo, decoración navideña o los libros de la universidad.
La misma lógica se repite, con matices distintos, en colonias como la Narvarte, la Nápoles o la Doctores, donde una generación más joven busca departamentos funcionales a precios todavía razonables. Ahí el minimalismo no siempre nace de una elección filosófica sino de un presupuesto ajustado: cuando la renta absorbe una porción considerable del ingreso mensual, comprar menos muebles y ocupar menos espacio se convierte en la manera más directa de que el dinero alcance para lo demás. El minimalismo de necesidad y el minimalismo de convicción terminan pareciéndose mucho por fuera, aunque partan de motivaciones distintas.
El auge de los bazares de ropa de segunda mano y de las aplicaciones para revender objetos usados acompaña este cambio de mentalidad. Los mercados de fin de semana que se instalan en colonias como la Roma o la Condesa, donde conviven puestos de ropa vintage con trueques de libros y discos, funcionan como el otro extremo del mismo fenómeno: deshacerse de algo no significa tirarlo, sino encontrarle un destino distinto. Tianguis de trueque que antes eran marginales hoy atraen a cientos de visitantes cada fin de semana, replicando en la vida real la misma lógica de las aplicaciones de reventa: lo que a alguien ya no le sirve, a otro le resuelve una necesidad concreta sin tener que comprarlo nuevo.
La tecnología ayudó, sin proponérselo, a que esta transición fuera más fácil de sostener. Los álbumes de fotografías que antes ocupaban repisas enteras se convirtieron en carpetas dentro de un teléfono, y buena parte de los documentos que antes exigían un archivero completo hoy caben en una carpeta digital respaldada en algún servicio en la nube. Esa reducción física de la memoria familiar, aunque parezca un detalle menor, quitó una de las excusas más comunes para conservar cajas de papeles y copias impresas que nadie volvía a revisar una vez guardadas.
El resultado de esa demanda es un negocio que hace una década casi no existía en el país: organizadoras profesionales que visitan casas y departamentos para ayudar a decidir qué guardar, qué donar y cómo acomodar un clóset para que rinda el doble. Algunas documentan su trabajo en redes sociales, mostrando la transformación de clósets saturados en espacios ordenados, un formato que encontró audiencia precisamente porque refleja un problema compartido por buena parte de quienes viven en departamentos pequeños de la ciudad, donde cada clóset mal aprovechado se nota mucho más que en una casa con varias habitaciones de sobra.
Hay categorías de objetos que resultan particularmente difíciles de soltar en los hogares mexicanos, más allá de cualquier método de organización. El vestido de quince años guardado en una funda de plástico, la ropa de bautizo de un hijo que ya es adulto, los recuerdos de una boda que terminó años después en divorcio: ese tipo de pertenencias no responde a la lógica de la utilidad ni a la de la moda, sino a una carga simbólica que ningún método de doblado resuelve del todo. Muchas familias terminan por no decidir nada al respecto durante años, y ese aplazamiento constante es, en el fondo, otra forma de acumulación disfrazada de indecisión.
Ese desprendimiento, sin embargo, no siempre es sencillo cuando los objetos en cuestión no son propios sino heredados. Muchas familias capitalinas enfrentan hoy una tensión generacional silenciosa: los padres o abuelos que guardaron vajillas completas, muebles de madera maciza y colecciones enteras durante décadas, frente a hijos que prefieren no cargar con ese patrimonio material. Decidir qué hacer con el comedor de la abuela cuando ya nadie quiere un comedor de doce piezas en un departamento de cuarenta metros se ha vuelto una conversación familiar cada vez más común, y no siempre una conversación fácil.
Ahí está, de hecho, una de las paradojas más interesantes del minimalismo contemporáneo: reducir no siempre significa tirar. Muchas personas que se declaran minimalistas no han vendido ni regalado sus pertenencias más queridas, simplemente las sacaron de la vista diaria. El objetivo no es vivir con nada, sino vivir rodeado únicamente de lo que se elige tener cerca. Ese matiz explica por qué han surgido tantos negocios alrededor del orden, desde aplicaciones para vender ropa de segunda mano hasta servicios de organización profesional para clósets.
Entre esas alternativas también están empresas como Spakio, que ofrecen espacios de almacenamiento externo para quienes quieren un hogar despejado sin renunciar a guardar lo que de verdad importa. El minimalismo, visto así, no es una renuncia sino una reorganización de prioridades. No se trata de tener menos por tener menos, sino de decidir con más cuidado qué merece un lugar en la sala, en la recámara o en la memoria.
En una ciudad donde cada metro cuadrado cuesta más cada año, esa decisión dejó de ser un lujo filosófico y se volvió, para muchos capitalinos, sentido común.