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En defensa de la “generación mazapán”

Las generaciones en franco proceso de envejecimiento, como la mía, debemos admitir que muy pronto ellos serán los dueños del mundo.



4 agosto, 2020


El nombre es peyorativo. Hace referencia a que su forma de enfrentar la vida pareciera en extremo frágil… como un mazapán. Un meme que se popularizó en la primera mitad de este año comparaba a un perro vigoroso, con cuerpo humano de fisicoculturista, con un can en pose humillada. La variante más común de ese meme expresaba cómo las generaciones anteriores habíamos crecido en un mundo más salvaje, que requería más fortaleza y confrontaciones directas, en donde las pequeñeces eran desdeñadas pues había temas más urgentes que atender. En comparación, la generación actual parece desmoronarse por cosas que, bajo la perspectiva de las generaciones precedentes, parecen irrisorias, como el uso de pronombres no inclusivos, o las letras de algunas canciones.

La gente es bien equis, o i griega, o zeta

Por donde se le vea, yo nací en la generación X. Esa que abarca a los nacidos entre 1965 y 1980. A mis veintipocos me dio orgullo ser un equis; además estaba en boga la expresión “equis” para definir cualquier cosa que no importara. “¡Ay ya, equis, no te claves!”, “Esa chava es equis en mi vida”, etcétera.
La mía fue la generación de la nostalgia irónica, de la posmodernidad, de lo alternativo, del rock mexicano, del nuevo cine mexicano. También lo fue de la indolencia, y el humor incómodo y sin cortapisas: oscilábamos entre los balbuceos de Beavis & Butthead y el sarcasmo de Daria. Hablo en pasado, pues aunque mis coetáneos seguimos productivos y dando guerra, ya hace unos veinte años que dejamos de estar en el foco de atención. Nos sustituyeron los nacidos del 80 al 95: los millennials, o generación Y, con sus smartphones, sus redes sociales, sus startups y su propensión a todo lo orgánico y gluten free. A ellos ya comienzan a sustituirlos los centennials, o Gen Z. En el límite entre ambos demográficos tenemos a ese subgrupo que las redes sociales mexicanas han dado por llamarle la “generación mazapán”.
Los viejos seguiremos nuestro camino a la decrepitud y a la muerte; mientras, ellos irán en ascenso. Podríamos, aferrarnos a nuestros escaños de poder, como ha hecho la generación baby boomer, que es la que precede a la mía (nacidos entre 1946 y 1964). Pero no conviene detener el proceso de sustitución demográfica. 
En lugar de estar bautizando con motes peyorativos, es mejor entender y mejor aún, aprender.

1. Ah, la juventud…

A una corta edad no han tenido el tiempo suficiente de equivocarse. En su breve vida lo que han visto, más bien, son las reiteradas equivocaciones de nosotros, los más adultos. No tienen aún manera de saber que cuando lleguen a los treinta y tantos años seguirán pensando como adolescentes, con la diferencia de que ya no tendrán la belleza ni el aguante físico, ni el resguardo que ahora tienen. Tendrán, si bien les va, un poco más dinero; pero eso sólo es garantía de menores límites y, por tanto, mayores imprudencias. También tendrán un montón de responsabilidades que apenas están vislumbrando. Si la vida les da oportunidad, acumularán, imparablemente, un error tras otro. Cuando lleguen a los cuarenta, quizá recordarán aquellos viejos días en que su pureza moral les confería la autoridad de “cancelar” a diestra y siniestra a todas las personas que habían cometido equivocaciones que ellos consideraban imperdonables. Es curioso: ellos mismos ya dicen, al referirse a su todavía cercana niñez (que ellos ven remotísima): “Éramos felices y no lo sabíamos.”

2. Ah, las redes sociales…

Para cuando inventaron Facebook, muchos de nosotros hacía muchos años que habíamos salido de la universidad y ya cargábamos con un divorcio e hijos a cuestas (ahora los llaman “bendiciones”). En cambio, con o sin el permiso de sus padres, ellos abrieron una red social en cuanto aprendieron a leer y escribir. No resulta extraordinario que su enorme peso en las discusiones diarias en el ámbito sociodigital no se corresponda con su aún endeble capacidad crítica. Los adultos sabemos que para que exista una discusión se necesitan dos personas. Si sabiendo eso insistimos en enfrascarnos en una discusión o indignarnos contra alguien cuyos argumentos son la cancelación moral, la mofa, o el gif tonto, es culpa nuestra. Por otro lado, los adultos tampoco tenemos mucho que presumir, la verdad. Si nos tomamos selfies salimos patéticos. Pero también nos vemos patéticos si enarbolamos nuestras credenciales y nuestra sabiduría. A los de la Generación X no nos queda sino hacer eso que aprendimos bien desde los 90: burlarnos de nosotros mismos, no tomarnos en serio, ser pues, equis.

3. Tuvieron internet toda su vida

La primera vez que tuve contacto con el internet yo estaba en mi primer trabajo. Había una sola computadora con internet en toda la oficina. El módem emitía ruidos raros al conectarse y viajaba a la pasmosa velocidad de 56 kilobytes por segundo. Las primeras semanas creímos que si nos conectábamos a una página de Londres nos iban a cobrar la larga distancia. En cambio, a los Gen Z los papás les dimos un iPad con wi-fi para que dejaran de molestar durante las reuniones. Sin nada más que hacer, vieron videos de YouTube; lo prefirieron a la televisión. Los más avanzados pronto aprovecharon el enorme campo de elección de temas, con más información y de modo más eficiente a lo que nunca tuvimos acceso los adultos. Además de que lo hicieron socialmente: conectándose entre ellos de modo multidimensional: en el videojuego, luego en el canal de video, luego en la red social. Muy jóvenes tuvieron acceso a las respuestas, incluso antes de saber cómo formular las preguntas…

4. Su futuro económico y ambiental será espantoso

…y en ese tsunami de información se dieron cuenta de que su futuro está condenado. Las consecuencias letales del calentamiento global, que ocasionamos las generaciones mayores, las van a vivir ellos. Enfrentarán su vida laboral en un sistema económico tóxico, corrupto y desigual, en donde —ya se dieron cuenta— no importa cuánto trabajen, nunca van a poder acumular riquezas a menos que hereden riquezas, o tengan un golpe de suerte absurda, como ser célebres en las redes sociales. Una niña como Greta Thunberg es el ejemplo extremo de esa hiperconsciencia. Su furia —de la que tanta mofa patética hemos hecho los adultos— está más que justificada.

5. Vivieron las mismas o peores violencias que nosotros, pero tienen herramientas para enfrentarlas

Si además nacieron en México, crecieron entre las masacres por el narco y la pauperización por décadas de crisis económica. Pero su acceso a la información vía los buscadores o vía la discusión sociodigital les dio, a edad muy temprana, las herramientas para entender y confrontar las innumerables violencias que las generaciones anteriores dejamos pasar. A ellos no les dan risa cosas que a nosotros nos partían, ¡y qué bueno! En mi infancia viví el bullying con pánico diario de ser golpeado a la salida. Por décadas creí que esa era la única manera de sortear la infancia: si no abusabas de otros, otros abusarían de ti. Los Gen Z también vivieron bullying, pero ya tenían una palabra para nombrarlo. Ya sabían, por lo menos, que no estaba bien. Las mujeres siguen siendo víctimas de violencia sexual y física, pero a diferencia del pasado, ya no les es tan difícil encontrar colectivos feministas que las arropen. Los, las y les personas del colectivo LGBTTTI siguen viviendo discriminación, pero ya tienen modelos a seguir, salidas más claras. Todas esas herramientas de confrontación ante lo que las generaciones precedentes dejamos pasar porque no imaginamos otro modo de existencia se traducen en su irritabilidad ante lo intolerable. Las generaciones más viejas, que nunca supimos lidiar con nada, tampoco estamos sabiendo lidiar con esa confrontación. En respuesta, estúpidamente, no atinamos a nada más que a llamarles, con toda nuestra senilidad expuesta, “generación mazapán”.
 

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Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo en Negocios Inteligentes, El Contribuyente y Goula. También es director de Etla, despacho de narrativa estratégica.





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