No insistas: el trabajo no es la felicidad

Trabajar apesta. Siempre. Por eso se llama “trabajo”, porque implica un esfuerzo.

Felipe Soto Viterbo

Cuando tuviste que elegir carrera, seguramente caíste en uno de los dos grandes grupos de seres humanos que son consecuencia de la (des)orientación vocacional. Por un lado, los ingenuos e idealistas que quieren dedicarse a lo que (creen que) más les gusta. Por el otro, aquellos que, un poco más sabios pero masoquistas, están dispuestos a fletarse la mejor parte de sus días para ganar dinero y luego entregarse a lo que más les gusta, que es gastarlo.

Aunque trabajes abrazando pandas, como masajista de supermodelos o poseas un conglomerado de exitosísimas empresas multimillonarias, por más que digas y quieras convencerte a ti mismo de que trabajas “en lo que te gusta”, trabajar apesta. Siempre. No nos hagamos. Por eso se llama “trabajo”, porque implica un esfuerzo.

En tu feliz infancia un día jugabas a que eras astronauta, al rato a que eras policía y de vez en cuando jugabas al doctor. En la vida adulta eso es sólo posible si eres un actor porno. Pero ese es otro tema. La expectativa como “grande” es que te dediques a una sola cosa, sólo una, por el res-to-de-tu-vi-da. Si elegiste contaduría, derecho o arquitectura, se espera que no hagas otra cosa. O si te entró el bicho del emprendimiento, abrirás tu negocio y te mantendrás ocupado veintiséis horas al día. Sin duda puede ser divertido por momentos, pero a la larga, por muy variada e inspiradora que sea tu vida laboral, no es lo que en realidad querrías estar haciendo: en el fondo anhelas marcharte a las playas tailandesas cuanto antes.

Hace unos meses una adolescente de 16 años de Baja California conocida como Mars, subió un video a Facebook en el que, sin más, decía que abandonaba la preparatoria y el sistema educativo (usó muchas palabras altisonantes para comunicar esta idea) para dedicarse a lo que le gusta. No especificó qué le gusta, pero estudiar no es. Su video se viralizó y millones de personas la vieron mentar madres contra la educación. Bien por ella, pero –a menos que reciba una cuantiosa herencia o algo semejante– dejar de estudiar no evitará que tenga que esforzarse para subsistir.

Lo contrario de trabajar es no esforzarse y dedicarse a disfrutar de la vida. Pero esa actividad quedó arruinada desde que entraste al kínder o desde que en tu casa te obligaron a levantarte de la cama a que hicieras “algo de provecho”. A algunos esa exigencia adulta acabó por neurotizarlos a tal punto que no imaginan la felicidad si no es trabajando. Mis condolencias.

 

 

 

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