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Las dos clases de polarización social y por qué ambas conducen a la deshumanización

27 enero, 2021

AMLO maneja una polarización explícita, que le permite acaparar la atención en todo momento. Lo hace gracias a la otra polarización, que es más silenciosa y que le heredaron los anteriores gobiernos.

El domingo, cuando Andrés Manuel López Obrador anunció que tenía síntomas leves de COVID-19, las redes sociales se dividieron —como era de esperarse tratándose de él—. Sin embargo, a diferencia de otras ocasiones, la discusión no versaba sobre lo atinado o desatinado de sus decisiones como presidente. Esta vez sus opositores se dividieron entre la decencia y la deshumanización. Un bando lo conformaron las personas que, independientemente de su filiación política, le desearon una pronta recuperación. El otro bando no le deseó eso y no es aquí el lugar para reproducir los distintos niveles de revanchismo exhibidos. 

No hay justificación para el comportamiento de muchas de esas personas usuarias de redes sociales. Eran la muestra de que el deterioro del tejido social se da en todos los niveles. Hay que decir que la indecencia estaba en ambos lados: unos por atacar y otros por defender atacando. La indecencia es un síntoma clave de la degradación del tejido social. Pretender que uno puede prevalecer sobre los demás, eso es la indecencia. 

Desde luego que, a nivel anecdótico, el tema del contagio de López Obrador puede mover a la indignación dado el desdén que el mandatario ha mostrado hacia la ciencia, hacia el sentido común y, sobre todo, hacia las miles de muertes que día con día se acumulan en el país que él gobierna. Muertes que pudieron reducirse si hubiera existido un correcto diseño en las políticas públicas, comenzando por un liderazgo adecuado. Se entiende el hartazgo de la población, sobre todo ante el hecho de que la atención médica que el mandatario va a recibir será privilegiada, en contraste con la escasez de camas y tanques de oxígeno que el resto de la población padece. Sin embargo, de la indignación a no desear que se recupere, hay una diferencia enorme.

Dos tipos de polarización

En la historia de los pueblos una y otra vez se repite el patrón: polarizar a la sociedad trae beneficios que son sólo capitalizables por el grupo en el poder. Esa capitalización permite a ese grupo —durante el tiempo limitado en que la polarización está activa— un amplio margen de movimiento para ejercer un poder autocrático (lo legitiman el apoyo popular, traducido en rabia e intolerancia hacia todo lo que representa el grupo opuesto, el grupo adversario).

Podríamos hablar de dos tipos de polarización: la implícita y la explícita. En la implícita el discurso prevalente es el de una supuesta “unidad” comunitaria, aunque en los hechos esa comunidad esté dividida. Se acentúa la distancia entre pobres y ricos, entre personas con escolaridad y sin ella, etc. En nuestro país, el ejemplo de esta polarización implícita se construyó por décadas en los pasados regímenes priistas y panistas. Durante estos sexenios se planteaba que el orden establecido era el correcto, y no se hacía énfasis en las desigualdades a pesar de que eran cada día más patentes y obscenas. Eventualmente quedó el terreno fértil para que un grupo político pudiera capitalizar al cambiar la narrativa hacia una polarización explícita.

En la polarización explícita, el discurso —lanzado por una entidad reconocible y con enorme influencia— hace evidentes las desigualdades, las injusticias y los privilegios de unos pocos frente a las carencias de la inmensa mayoría. Es necesaria una operación de nombrar el estado de los hechos para que la polarización sea explícita: el momento en el que quien detenta el poder señala a “los otros” como los causantes de la situación prevalente. (Un artículo reciente en el portal académico The Conversation amplía esta noción.)

Tal nombramiento no falta a la verdad. Es un hecho que la polarización implícita es la causa única de la polarización explícita. Hubo abusos. Hubo corrupción. Hubo privilegios y, si ese grupo hubiera sido menos ventajoso, muchos de los problemas actuales no serían tan acusados. Las desigualdades son una forma de violencia perenne y sistémica. Si no hubiera esa diferencia de voltaje entre las clases sociales, nunca se emitiría un discurso divisionista.

Los matices al nombrar al enemigo

En un primer momento, nombrar los actos de desigualdad es un acto necesario de reparación y de visibilización. Las feministas están haciendo visible el sistema de inequidad que todos los días violenta a las mujeres. Sus protestas poco a poco van colocando el acento justo en la discusión sobre el género, sobre las violencias machistas, sobre la ceguera de las autoridades, sobre el privilegio y los abusos de los hombres, sobre el derecho a decidir sobre su propio cuerpo, etcétera.

El discurso antirracista de movimientos como Black Lives Matter también ha puesto el dedo en la llaga sobre la violencia selectiva que las policías estadounidenses imponen sobre la población afroamericana. Movimientos sociales como estos necesitan nombrar y polarizar para deconstruir el esquema actual y hacer posible una vida digna y sin amenazas.

Sin embargo, si ese discurso es operado desde la cúpula de poder, su signo cambia. Se vuelve un discurso de odio legitimado. Ambas partes participan de él. Se parte de un “nosotros contra ellos”. Cada uno siente su causa moral y justa, y desdeña la de la contraparte. La lucha empieza en las palabras y cada tanto se manifiesta en las calles.

Los beneficios son inmediatos: de momento, blinda al grupo en el poder de todo juicio moral en contra. Cualquier señalamiento crítico se adjudica de inmediato a los intereses políticos y corruptos del grupo adversario. En cambio, cualquier acto de dudosa moral por el grupo en el poder se reviste de un sentido de propósito que lo valida: “es una decisión difícil y costosa, pero es la correcta”.

También permite modificar la convivencia democrática para dar facultades plenipotenciaras al grupo divisionista en el poder, para abrir paso a los regímenes totalitarios.

Todo esto ocurre al tiempo que, a nivel social, se revierte el paradigma social no para alcanzar una vida digna, sino para legitimar la barbarie.

Lo hicieron Adolf Hitler y Benito Mussolini. Lo hizo Fidel Castro. Lo hizo Augusto Pinochet. Lo hizo Hugo Chávez y Donald Trump. Lo hacen Jair Bolsonaro, Rodrigo Duterte y Andrés Manuel López Obrador.

El discurso de odio, cuando se siembra desde el poder, conduce al caos. En los Estados Unidos, las palabras de Trump llevaron al asalto al Capitolio. En México, más allá del odio al presidente (que no es justificable), está el odio que se expresa cuando en redes sociales aparece un video de un linchamiento a un presunto delincuente: en los comentarios de quienes ven bien que se les mate a golpes en la calle, en los ataques a las mujeres que denuncian haber sido violadas, en las amenazas a los que piensan diferente, en la desaparición del nivel de discusión para dar paso al pleito, a la deshumanización del otro, a desearle la muerte.

 

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Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo en El Contribuyente, y Goula. También es director de Etla, despacho de narrativa estratégica.


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