El muro de Trump, o los beneficios narrativos de persistir con terquedades

Foto: Shutterstock

¿Qué ganan los políticos que insisten en realizar promesas ridículas, pero concretas? El columnista Felipe Soto Viterbo te lo explica a detalle.


Muchos mexicanos no simpatizamos con Donald Trump: “insufrible” es un adjetivo que le queda corto. Pero debo reconocer que algunas cosas las hace horriblemente bien. Por ejemplo, comunicar. A diferencia de los políticos mexicanos que son expertos en no decir nada, o en decir frases de cajón que ya nadie cree, el presidente incómodo del país vecino dice muchas cosas y las dice mal, pero las tiene claras, y las repite más allá del exceso.

En este aspecto, él no inventa el hilo negro: desde el régimen nazi, el genio maléfico de Goebbels ya practicaba eso de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Siguiendo ese ejemplo, desde su púlpito presidencial, Trump profiere más de cinco mentiras al día. No exagero: el Washington Post contabilizó 2,140 mentiras en el primer año de la presidencia trumpiana, saquen cuentas. Uno de los temas más falseables, que más reitera, y que nos afecta directamente, tiene que ver con su idea de construir un muro en la frontera con México.



Ya se ha demostrado hasta el cansancio ante la opinión pública sensata de todo el mundo, que el muro fronterizo entre México y Estados Unidos, es un despropósito. Aún así, Trump insiste en construirlo. Va a costar 18 mil millones de dólares mismos que, según Trump, vamos a pagar los mexicanos.

A menos de que nos invadan y se anexen otra parte de nuestro territorio, cosa muy poco probable, los mexicanos no lo vamos a pagar (al menos no de forma directa). Lo van a pagar los estadounidenses, y ellos lo saben, y no quieren pagarlo tampoco. Pero él insiste. Y puede que esté loco (los psiquiatras no dudan en cuestionar su salud mental), pero al menos en ese punto, sabe perfectamente lo que está haciendo.

Su táctica es tan sencilla como prometer algo concreto. No importa que su promesa sea odiosa para una parte de la población, o que pueda tener consecuencias funestas, o que sea costosísima, o que sea, de plano irrealizable. Su fantasioso muro tiene, por lo menos, el único ingrediente que se necesita para comunicar: es perfectamente concreto. Vamos, es un muro. Todos tenemos la imagen de uno en nuestra mente. Por otra parte, la imagen que tenemos de la frontera es sumamente nebulosa. Kilómetros y kilómetros de una barda alta, llena de graffitis, en un entorno desértico, o un río ancho y contaminado. El imaginario de los estadounidenses blancos y privilegiados, se satisface con creer que un muro lo bastante alto impedirá la entrada de los indeseables mexicanos a los que Trump describió como violadores y criminales.

El hecho es que ya hay barreras bastante inexpugnables en la mayor parte de la línea fronteriza. Desde 2006 se ha construido una cerca que, próxima a las ciudades fronterizas es mayor a tres metros de altura. En otras zonas, es meramente una valla muy baja, que puede permitir el paso de personas, pero no de automóviles. Como sea, ya hay más de 16 mil bien equipados agentes de la patrulla fronteriza vigilando que nadie pase. Estas medidas ya habían frenado el paso de migrantes en más del 80 por ciento desde antes de que Trump ocupara la Sala Oval. Él mismo ha tenido que aceptar, cuando lo agarran descuidado, que no tiene por qué ser un muro en toda la frontera, sino sólo en algunas partes, incluso un muro virtual, porque en efecto construirlo a todo lo largo es imposible. También es un hecho que los llamados “polleros” que pasan a la gente del otro lado saben que todo agente fronterizo es susceptible de corromperse, de manera que reforzar el muro no cambiará mucho la situación actual y sí se haría un gasto enorme que pagarían todos los estadounidenses que, en su mayoría (más del 60 por ciento, según encuestas), no respaldan la idea del muro.

Aún con todo eso en contra, Donald persiste. El día que su cuento del muro ya no encuentre un eco en sus votantes (que ciertamente no son los que se oponen al muro), entonces abandonará esa historia.

Persistir en terquedades concretas también ha traído beneficios a los políticos mexicanos que las han sabido utilizar: la propuesta del Partido Verde de dar pena de muerte a secuestradores, era simplemente irrealizable, pero insistieron y lo cacarearon (porque de eso se trataba), y eso los puso en el mapa de la opinión pública. Finalmente, un poco debido a esa insistencia, en 2011 se aprobó la cadena perpetua a aquellos que torturen o provoquen la muerte a los secuestrados, pese a que es una ley que niega algunos preceptos básicos en derechos humanos, como el derecho a la reinserción social.

El campeón mexicano en persistencia es, desde luego, Andrés Manuel López Obrador. Sabe que su tozudez le granjea votantes, no importa que diga insensateces. Cuando una de esas insensateces conecta con su audiencia, persiste en ella. Cuando no, se desentiende. Dudo, por ejemplo, que insista mucho en su propuesta de dar amnistía a los narcotraficantes porque no conectó con su audiencia; pero sí persistió en aliarse con el Partido Encuentro Social porque eso le traería votantes, por dar dos ejemplos recientes en una carrera que suma casi dos décadas de expresarse con ideas fijas y poco matizadas.

Por el contrario, los políticos que insisten en hablar con vaguedades, con frases de cajón, o en cambiar de opinión porque es de sabios, están condenados a caer en la absoluta irrelevancia.

¿Y por qué hablo de persistir con terquedades? Porque es una de las muchas facetas del arte de la narrativa de los negocios.

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Felipe Soto Viterbo es novelista, editor y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.

El Contribuyente es un medio plural que admite puntos de vista diversos. En tal sentido, la opinión expresada en esta columna es responsabilidad sólo del autor.

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El muro de Trump, o los beneficios narrativos de persistir con terquedades

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¿Qué ganan los políticos que insisten en realizar promesas ridículas, pero concretas? El columnista Felipe Soto Viterbo te lo explica a detalle.


Muchos mexicanos no simpatizamos con Donald Trump: “insufrible” es un adjetivo que le queda corto. Pero debo reconocer que algunas cosas las hace horriblemente bien. Por ejemplo, comunicar. A diferencia de los políticos mexicanos que son expertos en no decir nada, o en decir frases de cajón que ya nadie cree, el presidente incómodo del país vecino dice muchas cosas y las dice mal, pero las tiene claras, y las repite más allá del exceso.

En este aspecto, él no inventa el hilo negro: desde el régimen nazi, el genio maléfico de Goebbels ya practicaba eso de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Siguiendo ese ejemplo, desde su púlpito presidencial, Trump profiere más de cinco mentiras al día. No exagero: el Washington Post contabilizó 2,140 mentiras en el primer año de la presidencia trumpiana, saquen cuentas. Uno de los temas más falseables, que más reitera, y que nos afecta directamente, tiene que ver con su idea de construir un muro en la frontera con México.



Ya se ha demostrado hasta el cansancio ante la opinión pública sensata de todo el mundo, que el muro fronterizo entre México y Estados Unidos, es un despropósito. Aún así, Trump insiste en construirlo. Va a costar 18 mil millones de dólares mismos que, según Trump, vamos a pagar los mexicanos.

A menos de que nos invadan y se anexen otra parte de nuestro territorio, cosa muy poco probable, los mexicanos no lo vamos a pagar (al menos no de forma directa). Lo van a pagar los estadounidenses, y ellos lo saben, y no quieren pagarlo tampoco. Pero él insiste. Y puede que esté loco (los psiquiatras no dudan en cuestionar su salud mental), pero al menos en ese punto, sabe perfectamente lo que está haciendo.

Su táctica es tan sencilla como prometer algo concreto. No importa que su promesa sea odiosa para una parte de la población, o que pueda tener consecuencias funestas, o que sea costosísima, o que sea, de plano irrealizable. Su fantasioso muro tiene, por lo menos, el único ingrediente que se necesita para comunicar: es perfectamente concreto. Vamos, es un muro. Todos tenemos la imagen de uno en nuestra mente. Por otra parte, la imagen que tenemos de la frontera es sumamente nebulosa. Kilómetros y kilómetros de una barda alta, llena de graffitis, en un entorno desértico, o un río ancho y contaminado. El imaginario de los estadounidenses blancos y privilegiados, se satisface con creer que un muro lo bastante alto impedirá la entrada de los indeseables mexicanos a los que Trump describió como violadores y criminales.

El hecho es que ya hay barreras bastante inexpugnables en la mayor parte de la línea fronteriza. Desde 2006 se ha construido una cerca que, próxima a las ciudades fronterizas es mayor a tres metros de altura. En otras zonas, es meramente una valla muy baja, que puede permitir el paso de personas, pero no de automóviles. Como sea, ya hay más de 16 mil bien equipados agentes de la patrulla fronteriza vigilando que nadie pase. Estas medidas ya habían frenado el paso de migrantes en más del 80 por ciento desde antes de que Trump ocupara la Sala Oval. Él mismo ha tenido que aceptar, cuando lo agarran descuidado, que no tiene por qué ser un muro en toda la frontera, sino sólo en algunas partes, incluso un muro virtual, porque en efecto construirlo a todo lo largo es imposible. También es un hecho que los llamados “polleros” que pasan a la gente del otro lado saben que todo agente fronterizo es susceptible de corromperse, de manera que reforzar el muro no cambiará mucho la situación actual y sí se haría un gasto enorme que pagarían todos los estadounidenses que, en su mayoría (más del 60 por ciento, según encuestas), no respaldan la idea del muro.

Aún con todo eso en contra, Donald persiste. El día que su cuento del muro ya no encuentre un eco en sus votantes (que ciertamente no son los que se oponen al muro), entonces abandonará esa historia.

Persistir en terquedades concretas también ha traído beneficios a los políticos mexicanos que las han sabido utilizar: la propuesta del Partido Verde de dar pena de muerte a secuestradores, era simplemente irrealizable, pero insistieron y lo cacarearon (porque de eso se trataba), y eso los puso en el mapa de la opinión pública. Finalmente, un poco debido a esa insistencia, en 2011 se aprobó la cadena perpetua a aquellos que torturen o provoquen la muerte a los secuestrados, pese a que es una ley que niega algunos preceptos básicos en derechos humanos, como el derecho a la reinserción social.

El campeón mexicano en persistencia es, desde luego, Andrés Manuel López Obrador. Sabe que su tozudez le granjea votantes, no importa que diga insensateces. Cuando una de esas insensateces conecta con su audiencia, persiste en ella. Cuando no, se desentiende. Dudo, por ejemplo, que insista mucho en su propuesta de dar amnistía a los narcotraficantes porque no conectó con su audiencia; pero sí persistió en aliarse con el Partido Encuentro Social porque eso le traería votantes, por dar dos ejemplos recientes en una carrera que suma casi dos décadas de expresarse con ideas fijas y poco matizadas.

Por el contrario, los políticos que insisten en hablar con vaguedades, con frases de cajón, o en cambiar de opinión porque es de sabios, están condenados a caer en la absoluta irrelevancia.

¿Y por qué hablo de persistir con terquedades? Porque es una de las muchas facetas del arte de la narrativa de los negocios.

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Felipe Soto Viterbo es novelista, editor y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.

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