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Feminicidios colocan al régimen de AMLO en un punto de inflexión

18 febrero, 2020

La brutalidad de los feminicidios y una serie de respuestas desafortunadas de la clase política podrían estar gestando el principio del fin de la hegemonía de la 4T.

En el sexenio de Felipe Calderón fue la muerte de los 49 niños en el incendio de la Guardería ABC, en Hermosillo, Sonora. La tragedia fue un punto de inflexión que llevó al repudio hacia el gobierno en ese estado y, en las urnas, a su derrota electoral. En el sexenio de Enrique Peña Nieto, desaparecieron 43 estudiantes de la escuela Normal Rural de Ayotzinapa en el estado de Guerrero. A la opinión pública le quedó claro que el Estado mexicano había estado involucrado en ese crimen de lesa humanidad. Fue un punto de inflexión que marcó el inicio del derrumbe del régimen priísta en México.

En el sexenio actual, las tragedias humanas sólo han ido en aumento. Es hasta ahora que los feminicidios mal manejados por la insensibilidad y la torpeza de los diversos órdenes de gobierno, pueden indicar un nuevo punto de inflexión en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Del “que coman pastel” al “ahorita no”

“Ahorita no”, dijo la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, ante la pregunta de un periodista sobre su opinión acerca de las marchas feministas de protesta que se llevarían a cabo ese día. Sin más comentarios, ella siguió de largo hacia un grupo de personas que le aplaudieron. Su frase podría ser considerada trivial; pero ni la comunicación ni la historia funcionan de esa manera: no importa que luego haya querido enmendarlo con un #AhoritaNoHayImpunidad. También el “que coman pastel” de María Antonieta en Versalles fue un gesto trivial (y quizá ficticio); el hecho, es que más de doscientos años después sigue siendo simbólico.

El reclamo en la marcha feminista de ese día era no solamente para exigir al Estado que ponga un freno a los feminicidios. También protestaron contra los medios de comunicación que habían publicado la fotografía del cuerpo desollado de Ingrid, asesinada por su pareja. 

Mientras los conservadores discutían si la manera de protestar de las mujeres en la marcha de ese viernes había sido o no la adecuada, en Xochimilco secuestraban, torturaban y asesinaban a la niña Fátima al salir de su escuela. Su cuerpo fue encontrado seis días después en bolsas de basura.

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La misma torpeza demostró a inicios de esa misma semana el fiscal general Alejandro Gertz Manero al querer eliminar el delito de feminicidio para redefinirlo como homicidio con una agravante. Y a su vez, la fiscal capitalina, Ernestina Godoy, al decir, sin fundamento alguno, que los padres de la niña Fátima padecían de sus facultades mentales. O unas semanas antes, el rector de la UNAM, Enrique Graue, al tratar de dialogar con las mujeres que mantienen en paro algunas facultades y escuelas de la institución sin apenas tocar el problema de raíz: el acoso y la violencia sistémica contra las mujeres que ocurre al interior de los campus de la universidad.

El mismo presidente Andrés Manuel López Obrador no ha sido capaz de articular una respuesta adecuada. Ante la pregunta de la periodista Frida Guerrera, sobre los feminicidios y la acción del gobierno para contrarrestarlos, el mandatario minimizó el problema, culpó a sus adversarios y propuso un decálogo que deberían seguir las instituciones públicas. El problema es que el decálogo calca la insensibilidad e ineptitud de su mandato ante la problemática social estructural y minimiza que en México todos los días son asesinadas, en promedio, diez mujeres por el simple hecho de ser mujeres. Días después, culpó de la muerte de Fátima al neoliberalismo, ese acomodaticio supervillano… siendo que en la Ciudad de México, donde fue asesinada, lleva décadas gobernando la izquierda, con el propio López Obrador incluido en la lista de jefes de gobierno capitalinos de izquierda.

La respuesta de las autoridades ha sido, consistentemente, la de anteponer su discurso cada vez más vacío de legitimidad ante la desgracia. Tal vez es ahora que la suma de todas las narrativas, las fallidas, las simbólicas y las acertadas, lleven a un punto de inflexión.

¿Este es un punto de inflexión?

Desde la primaria nos enseñaron que a nivel del mar, justo a los cien grados centígrados, el agua comienza a hervir. El punto de ebullición de la sociedad humana no es tan predecible; sin embargo, la Historia muestra una y otra vez momentos de cambio.

Estos puntos de inflexión los postuló hace dos décadas el periodista Malcolm Gladwell en su libro The Tipping Point (en México se tradujo como El punto clave). Él ubicaba tres elementos centrales para el cambio social: la ley de los pocos, el factor “adherencia” y el poder del contexto.

La ley de los pocos señala que el cambio de masas surge si personas en posición de influencia presentan la narrativa visualizable y posible del cambio. La “adherencia” es la cualidad intrínseca del cambio para hacer que las personas lo adopten. Y, por último, el contexto se relaciona con cómo las variables imponderables pueden detonar la respuesta unísona de una mayoría.

En el conjunto de la sociedad humana, el punto de inflexión puede llegar, a nivel conceptual, si:

  1. Hay un símbolo poderoso, de moral incuestionable, superior a la moral predicada desde el poder, que cristaliza la necesidad de un cambio. En su momento fueron los niños de la Guardería ABC o los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. Aquí están los brutales asesinatos de Ingrid y Fátima (más los otros miles que las estadísticas acumulan) favorecidos por un sistema que no los combate.
  2. El cambio propuesto lleva una narrativa visualizable y posible. En este caso, para cada vez más mujeres, es el fin del patriarcado que las asesina, las viola, las somete, las revictimiza, las minimiza y las exhibe desolladas o desnudas, en bolsas de basura, sólo porque son mujeres.
  3. Las consecuencias percibidas del cambio son mejores que la narrativa de la incomodidad presente: el fin de los feminicidios, el fin de la masculinidad tóxica, el fin de la deshumanización, y una sociedad más equitativa y justa, apuntan a un mundo mejor que el presente.

Pero no es tan fácil. Los cambios meramente conceptuales que no afectan la dinámica humana ni siquiera pueden llamarse cambios. Lo conceptual sólo puede ser llevado a la práctica si:

  1. La persona que tiene la voluntad de cambio está en una posición de poder tal que puede influir, organizar, obligar o forzar a otras personas para que el cambio se lleve a cabo. Por ahora, las personas en el poder no están entendiendo que no están entendiendo. 
  2. La voluntad de cambio es impulsada o forzada por un grupo con cierto grado de organización. Los colectivos feministas que llevan en protesta desde hace varios años serían ese grupo.

No le deseo mal a este gobierno porque su debacle golpearía a todo el país; al contrario, deseo que entiendan que el cambio de rumbo es necesario. Si el capital político de los millones de simpatizantes del actual gobierno es imbatible, López Obrador podría creer que lo adecuado es desdeñar el problema. En su visión maniquea, todos los males actuales son herencia de los gobiernos anteriores; no quiere admitir que también ese apoyo masivo e irracional que lo avala es herencia de esos mismos gobiernos.

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Felipe Soto Viterbo (Twitter: @felpas) es novelista, editor, consultor narrativo para Vixin Media y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.

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