El pendenciero contra la dama

La guerra en medios se declaró como nunca antes: (casi) todos contra Trump

La pasada contienda electoral en Estados Unidos fue atípica y tortuosa. La presencia de un actor disruptivo, nada habituado a los moldes tradicionales de la política estilo Washington sacudió las estructuras de un sistema que muestra sus límites en materia de efectividad.

También fue la prueba de que en el imaginario estadounidense existe una gran capa de ciudadanos molestos con sus políticos tradicionales, hartos de ser los eternos paganos de las estrategias neoliberales, que de paso sueñan con vivir en el país más poderoso de la Tierra, capaz de dictar la agenda mundial con total soberbia, así sea a bombazos nucleares.

El maistream de los medios de comunicación, las cúpulas ilustradas de académicos y aún los ortodoxos de Washington (incluidos los líderes del Partido Republicano) se opusieron todo el tiempo al candidato frívolo, grosero, misógino, racista, capaz de mentir y contradecirse sin ningún recato ni remordimiento… quien sin embargo encantó a una masa de gringos iletrados que no fueron a Harvard o Yale, que son fanáticos de las películas de Jonah Hill o Adam Sandler y que ciertamente perdieron empleos por efectos de la globalización de los mercados laborales.

Estados Unidos sale de esa elección como un país polarizado, similar al México de 2006, donde un candidato heterodoxo, soberbio pero carismático, puso en duda la legitimidad electoral sin ninguna evidencia, pero con fuerte respaldo moral de quienes desean un cambio.

Las comparaciones con los candidatos populistas (uno de derecha estadounidense y el otro de izquierda mexicano) no se hicieron esperar, aunque ciertamente son más sus diferencias que sus similitudes.

La dama no la tuvo fácil frente al pendenciero porque tampoco era la candidata ideal. Carente del carisma de Obama, ella representó lo políticamente correcto del statu quo de Washington que la gente rechaza. Nada contundente, reiterativa en sus discursos y con lados débiles que sus oponentes fueron insistentes en atacar (correos electrónicos fuera de los esquemas de seguridad nacional, marrullera contra su oponente Bernie Sanders, un marido con pasado infiel, etc.). Al final, fue la menos peor de las opciones.

Y, sin embargo, las lecciones en materia de comunicación y mensajes que dejó esta contienda son abundantes. Tan caricaturesco fue el empresario mogul que sus acciones, discursos y videos ya han sido celosamente atesorados por las empresas de comunicación política e imagen pública del mundo.

Son desde ahora el ejemplo de lo que no debe hacerse, de lo que no debe decirse, de lo que no hay que denotar, de lo que no se debe transmitir... a menos, claro está, que el target de la campaña sean las clases media y baja poco ilustradas, los inconformes, los que no razonan las propuestas, los que gustan del candidato macho, los que quieren mano dura.

No todo será tirado a la basura. Imaginemos a un candidato populista, de derecha, pero más presentable, guapo, joven, con ciertos límites al referirse a sus oponentes o a las mujeres y tantita más corrección política. Con algunos ajustes, el pendenciero podría convertirse en un candidato arrasador; el Anticristo, dirían algunos.

Por lo que a la dama se refiere, la reflexión de los cabilderos y políticos tradicionales de Washington es si el sistema aguantará a otro candidato aburrido y del statu quo dentro de cuatro años.

La campaña electoral estadounidense fue cansada aún para los que no somos ciudadanos de ese país, pero que sabíamos que ese voto podría afectarnos de muchas maneras.