El principio del final del reinado de los machos alfa en los negocios

Foto: Shutterstock

LA NARRATIVA DE LOS NEGOCIOS


Hace pocos días, un artículo de The Economist ponía el acento en un estudio científico que demostraba que las inversiones de capital no se llevaban con la testosterona. Hombres y mujeres producen esta hormona, pero ellos lo hacen en una proporción unas diez veces mayor, por lo que se asocia esta sustancia con la masculinidad. A mayor cantidad de testosterona en una persona hay más propensión a la agresividad, a las demostraciones de fuerza física, al deseo sexual, a la exposición irracional al riesgo… y a fracasar como inversionistas.

Para el estudio, científicos de universidades de Florida y de Singapur, utilizaron la proporción del ancho y el largo del rostro, como manifestación física de los niveles de esta hormona en una persona. Una cara alargada en la zona de la nariz indica un nivel de testosterona bajo; una cara achatada en esa zona, muestra un nivel alto. Lo que hicieron fue relacionar el desempeño financiero a lo largo de 20 años de un número elevado de administradores de fondos con el ratio que daba el ancho de sus rostros. Los autores del estudio concluyeron, de plano, que lo aconsejable es “evitar a los administradores de fondos que sean muy masculinos” —o, dicho más precisamente: que tengan un rostro más ancho debido a la mayor presencia de testosterona—. Este desempeño menos eficiente asociado a la hormona deriva en una tendencia a vender o comprar acciones más por impulso que por sensatez, por lo que se aumenta la probabilidad de tener resultados financieros desastrosos.



No tengo idea de si el método en el que se basaron es científicamente válido. Lo relevante aquí es que ese discreto estudio se suma a la tendencia global a rebatir con evidencias la primacía de lo que por siglos se ha entendido como lo masculino, lo viril… En resumen: el reinado de los machos alfa está siendo amenazado de una manera como los alfa nunca pudieron prever: a partir de sus debilidades intrínsecas.

La masculinidad preponderante en las esferas de poder se compone de una serie de actitudes que, fuera de ese entorno se considerarían inaceptables: prepotencia, bullying, o simple y llano abuso de autoridad. No sorprende que los de piel muy dura, los maquiavélicos, los abusivos profesionales, los prepotentes por sistema, los sin escrúpulos, sean especialmente aptos para sobrevivir en la atmósfera viciada de las élites del poder. “El poder no es para los novatos”, dijo en Twitter el ficticio Frank Underwood de la serie House of Cards un par de años antes de que Kevin Spacey, el actor que encarnaba al personaje fuera denunciado justamente por haber ejercido su poderío como un novato. Por ese hecho —un escándalo sexual en toda forma—, hoy su carrera está en picada.

En este siglo XXI, nuevas herramientas han permitido diseminar las ideas de la rebelión contra los poderosos. En este caso, la fluidez de las redes sociales en internet no sólo ha acelerado la transmisión de ideas y narrativas que minan la omnipotencia de los jerarcas, también ha facilitado juicios y condenas sumarias fuera de todo marco legal a quienes el esquema moral de las redes juzga intolerable. Que haya desafíos inéditos contra los poderes establecidos no es una historia nueva: en su momento los amenazó la imprenta; después fueron los medios masivos; hoy son las redes sociales.

macho alfa, negocios
Imagen: Shutterstock

Pensemos en los Harvey Weinsteins del mundo, que construyeron su imperio por medio de la intimidación y el abuso sexual y físico. Pensemos en los CEO destronados por su machismo, como Travis Kalanick, creador de Uber y que tras haber sido acusado de acoso sexual tuvo que dimitir, o Dov Charney, el fundador erotómano de American Apparel, ya destituido. Estamos ante el lento desmantelamiento de una forma de comportamiento que prevaleció por generaciones. Pese a que en ciertos ámbitos todavía defienden la superioridad del machoalfismo no solamente como algo normal, sino deseable, las evidencias de su disfunción cada vez son más claras.

Estudios recientes indican que el sistema de los machos alfa ni siquiera es propio de la especie humana. Las manadas de gorilas, por ejemplo, sí exhiben ese tipo de comportamiento, en el que los machos pelean por el control del grupo y la posesión de las hembras. Pero los humanos no descendemos de los gorilas. En las tribus de cazadores recolectores el esquema que ha dominado por cientos de miles de años es el de la cooperación igualitaria, no el de la dominación-sumisión. Nuestros cuerpos no evolucionaron para la violencia (hasta nuestros colmillos son minúsculos). Las características que traemos de fábrica cuentan otra historia al menos a nivel evolutivo.

Una de las cosas a las que apunta esta historia del cuerpo es que si hubiésemos evolucionado con un formato de machos alfa, tendríamos una fisonomía diferente. Más ruda, tal vez. En cambio, lo que se deduce a partir de la disposición de nuestro cuerpo, de la sutileza de nuestra inteligencia, de nuestra proclividad hacia la socialización, de la naturaleza instintiva del lenguaje, indican que los machos alfa son un fenómeno relativamente reciente en el homo sapiens. La acumulación de poder en unos pocos individuos, y la consecuente estratificación social, es una consecuencia del surgimiento de las sociedades agrícolas. La agricultura tiene, a lo mucho, diez mil años; la evolución de nuestra especie cientos de miles.

Es natural que argumentos que atenten contra un orden establecido provoquen reacciones a veces viscerales o violentas en ciertas personas. Las origina el miedo a perder privilegios y espacios de expresión que se consideran un derecho. Pero, a menos que seas un alfa (y estadísticamente es poco probable), es un temor infundado. El mundo de la jerarquía alfa al final sólo ha beneficiado a los alfa, parapetados en su punta de la pirámide alimenticia social donde abundan las personas de carácter inaceptable. El resto de nosotros hemos debido condescender a sus desplantes de poderío. Y la verdad: seas hombre o mujer, ¿qué ganamos con perpetuar una jerarquía disfuncional que privilegia a personas de esa naturaleza?

_____________________________________

Felipe Soto Viterbo es novelista, editor y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.

El Contribuyente es un medio plural que admite puntos de vista diversos. En tal sentido, la opinión expresada en esta columna es responsabilidad sólo del autor.

*Esta columna se publicó primero en Negocios Inteligentes.

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El principio del final del reinado de los machos alfa en los negocios

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LA NARRATIVA DE LOS NEGOCIOS


Hace pocos días, un artículo de The Economist ponía el acento en un estudio científico que demostraba que las inversiones de capital no se llevaban con la testosterona. Hombres y mujeres producen esta hormona, pero ellos lo hacen en una proporción unas diez veces mayor, por lo que se asocia esta sustancia con la masculinidad. A mayor cantidad de testosterona en una persona hay más propensión a la agresividad, a las demostraciones de fuerza física, al deseo sexual, a la exposición irracional al riesgo… y a fracasar como inversionistas.

Para el estudio, científicos de universidades de Florida y de Singapur, utilizaron la proporción del ancho y el largo del rostro, como manifestación física de los niveles de esta hormona en una persona. Una cara alargada en la zona de la nariz indica un nivel de testosterona bajo; una cara achatada en esa zona, muestra un nivel alto. Lo que hicieron fue relacionar el desempeño financiero a lo largo de 20 años de un número elevado de administradores de fondos con el ratio que daba el ancho de sus rostros. Los autores del estudio concluyeron, de plano, que lo aconsejable es “evitar a los administradores de fondos que sean muy masculinos” —o, dicho más precisamente: que tengan un rostro más ancho debido a la mayor presencia de testosterona—. Este desempeño menos eficiente asociado a la hormona deriva en una tendencia a vender o comprar acciones más por impulso que por sensatez, por lo que se aumenta la probabilidad de tener resultados financieros desastrosos.



No tengo idea de si el método en el que se basaron es científicamente válido. Lo relevante aquí es que ese discreto estudio se suma a la tendencia global a rebatir con evidencias la primacía de lo que por siglos se ha entendido como lo masculino, lo viril… En resumen: el reinado de los machos alfa está siendo amenazado de una manera como los alfa nunca pudieron prever: a partir de sus debilidades intrínsecas.

La masculinidad preponderante en las esferas de poder se compone de una serie de actitudes que, fuera de ese entorno se considerarían inaceptables: prepotencia, bullying, o simple y llano abuso de autoridad. No sorprende que los de piel muy dura, los maquiavélicos, los abusivos profesionales, los prepotentes por sistema, los sin escrúpulos, sean especialmente aptos para sobrevivir en la atmósfera viciada de las élites del poder. “El poder no es para los novatos”, dijo en Twitter el ficticio Frank Underwood de la serie House of Cards un par de años antes de que Kevin Spacey, el actor que encarnaba al personaje fuera denunciado justamente por haber ejercido su poderío como un novato. Por ese hecho —un escándalo sexual en toda forma—, hoy su carrera está en picada.

En este siglo XXI, nuevas herramientas han permitido diseminar las ideas de la rebelión contra los poderosos. En este caso, la fluidez de las redes sociales en internet no sólo ha acelerado la transmisión de ideas y narrativas que minan la omnipotencia de los jerarcas, también ha facilitado juicios y condenas sumarias fuera de todo marco legal a quienes el esquema moral de las redes juzga intolerable. Que haya desafíos inéditos contra los poderes establecidos no es una historia nueva: en su momento los amenazó la imprenta; después fueron los medios masivos; hoy son las redes sociales.

macho alfa, negocios
Imagen: Shutterstock

Pensemos en los Harvey Weinsteins del mundo, que construyeron su imperio por medio de la intimidación y el abuso sexual y físico. Pensemos en los CEO destronados por su machismo, como Travis Kalanick, creador de Uber y que tras haber sido acusado de acoso sexual tuvo que dimitir, o Dov Charney, el fundador erotómano de American Apparel, ya destituido. Estamos ante el lento desmantelamiento de una forma de comportamiento que prevaleció por generaciones. Pese a que en ciertos ámbitos todavía defienden la superioridad del machoalfismo no solamente como algo normal, sino deseable, las evidencias de su disfunción cada vez son más claras.

Estudios recientes indican que el sistema de los machos alfa ni siquiera es propio de la especie humana. Las manadas de gorilas, por ejemplo, sí exhiben ese tipo de comportamiento, en el que los machos pelean por el control del grupo y la posesión de las hembras. Pero los humanos no descendemos de los gorilas. En las tribus de cazadores recolectores el esquema que ha dominado por cientos de miles de años es el de la cooperación igualitaria, no el de la dominación-sumisión. Nuestros cuerpos no evolucionaron para la violencia (hasta nuestros colmillos son minúsculos). Las características que traemos de fábrica cuentan otra historia al menos a nivel evolutivo.

Una de las cosas a las que apunta esta historia del cuerpo es que si hubiésemos evolucionado con un formato de machos alfa, tendríamos una fisonomía diferente. Más ruda, tal vez. En cambio, lo que se deduce a partir de la disposición de nuestro cuerpo, de la sutileza de nuestra inteligencia, de nuestra proclividad hacia la socialización, de la naturaleza instintiva del lenguaje, indican que los machos alfa son un fenómeno relativamente reciente en el homo sapiens. La acumulación de poder en unos pocos individuos, y la consecuente estratificación social, es una consecuencia del surgimiento de las sociedades agrícolas. La agricultura tiene, a lo mucho, diez mil años; la evolución de nuestra especie cientos de miles.

Es natural que argumentos que atenten contra un orden establecido provoquen reacciones a veces viscerales o violentas en ciertas personas. Las origina el miedo a perder privilegios y espacios de expresión que se consideran un derecho. Pero, a menos que seas un alfa (y estadísticamente es poco probable), es un temor infundado. El mundo de la jerarquía alfa al final sólo ha beneficiado a los alfa, parapetados en su punta de la pirámide alimenticia social donde abundan las personas de carácter inaceptable. El resto de nosotros hemos debido condescender a sus desplantes de poderío. Y la verdad: seas hombre o mujer, ¿qué ganamos con perpetuar una jerarquía disfuncional que privilegia a personas de esa naturaleza?

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Felipe Soto Viterbo es novelista, editor y director de Etla, despacho de narrativa estratégica.

El Contribuyente es un medio plural que admite puntos de vista diversos. En tal sentido, la opinión expresada en esta columna es responsabilidad sólo del autor.

*Esta columna se publicó primero en Negocios Inteligentes.

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